El Vestigio de Antaño

El Presagio
La sospecha ante todos...

Las delgadas manos de la elfa temblaban al leer el escrito que le habían hecho llegar con tanta urgencia. Con un poco de dificultad, la matrona avanzó hacia el centro de la habitación, los tablones de esta llena de enfermos cubiertos en blanquecinas cobijas.

- “Ve y tráemelos, no tenemos mucho tiempo…”- el individuo tan solo asintió, y avanzó a paso veloz hacia el bosque vecino a la cabaña.


Las planicies que bordeaban el reino de Kretzchmar no habían sido las mismas desde hace ya meses. Los plantíos crecían a paso lento, y las bestias aumentaban tanto en tamaño como en ferocidad. De ello eran testigos Alicia y Acacia, viajeras que se hallaban perdidas en aquella enormidad a altas horas de la mañana. Afortunadamente, una carroza real les recogió en el camino. Ya adentró, un guardia de rubios cabellos y de nombre Marcus les informó de la situación general de la región.

La coronación del futuro heredero de Kretzchmar era pronta, y visitantes de todos los rincones de Erua Nova asistirían a tal evento. La situación interna era tensa, ya que el príncipe parecía ser una figura de suma controversia. Sin embargo, el uniformado se reservó a opinar al respecto. La carroza alentó su paso, y por las ventanas de la misma, era visible como decenas más hacían lo mismo. Se estaban realizando inspecciones en las entradas del reino.


En otra carroza, platicaban lo que aparentaban ser maestro y aprendiz. Ambos vestían pesados mantos de colores grisáceos, y tenían lo que parecían ser coloridos tatuajes en el rostro.

- “No deberías estar tan nervioso, Jaskier. Aunque sea esta tu primera vez fuera de los muros del cónclave, tan solo recabaremos información. Imagina que esto es un nuevo libro, tú mejor que nadie haz de saber esa inigualable sensación ante nuevo conocimiento.”

- “Me agradaría que eso fuera tan simple, maestro. Las páginas de este nuevo libro son de un tema que desconozco, se encuentran en desorden, y cambian cada segundo. Espero volver a mi reclusión pronto.”-

Tan solo una sonrisa escapó de aquel individuo, quien con un gesto y pocas palabras, se encargó de que se le abriera el paso debido.


El sol se había ocultado lo suficiente. La coronación era próxima, evidente por la conmoción que los pueblerinos mostraban al salir a las calles. La armada de Kretzchmar no tardó en aparecer, montando pesados corceles y posicionándose en espera del futuro monarca para escoltarle.

Los salones del castillo rebosaban con sorpresa y anticipación. Acompañadas por el soldado de rubios cabellos, las aventureras se abrieron paso ante la multitud de invitados, aprovechando las maravillas culinarias que se habían preparado para la ocasión. Jaskier, por su parte, se encontraba confundido por la repentina desaparición de su maestro. No tardó mucho en hacerse de compañía, viniendo en forma del singular personaje que se hacía llamar Urval Bocanegra, enano representante de Mor Garrok.

Transcurrieron un par de horas, y los invitados fueron encaminados a la parte subterránea del castillo, donde después de mucho caminar, dieron con lo que parecía ser un enorme jardín que rebosaba de adornos. El actual rey, Augusto Kretzchmar, pronunció un pequeño discurso, seguido de unas breves palabras de su hijo Frederick. Después de cánticos y suma ceremonia, vino lo inesperado. Al momento que el rey se hincaba para entregarle la corona a su hijo, este comenzó a toser lo que aparentaba ser un espeso líquido negruzco. En pánico, este intento huír del evento, pero fue rápidamente neutralizado por los dos protectores del rey.

- “¡Fariel, Barnabas, llévenlo a su habitación, tenemos que tratarle!” – gritó el rey, quien estaba visiblemente alterado.


- “¡Dejenme ir, ustedes no son nadie! ¡Me rehuso a ser el rey!” – gritaba como lunático el heredero, mientras uno de los guardias, de castañas barbas y duro parecer, amarraba al joven a los postes de la cama. El segundo, cubierto de pies a cabeza en acero, guardaba la puerta de cualquier intruso.

- “Un médico…necesitamos a un curandero, los acólitos de Farcellia se hayan en la frontera…” – proclamó el viejo monarca, quien esperaba impaciente en uno de los rincones de la habitación

Ante la falta de conocimiento mágico que poseía el reino, la labor conjunta de Jaskier, Acacia y Alicia no daba frutos, siendo los hechizos rechazados fuertemente por el flaco cuerpo del príncipe. No fue hasta que el guardia que vigilaba la entrada, al escuchar un estruendo, bajo las escaleras y observó como dos figuras se materializaban enfrente de el.

- “¡¿Revelaos, quienes son ustedes?!! – pronunció, empuñando un enorme mandoble, el cual radiaba un ligero brillo esmeralda al ser expuesto a la luz.

Incorporándose rápidamente, los intrusos dialogaron con el hombre de armas. Se identificaron como la elfa Janiel Nightingale y Sebastián el mediano, discípulos mandados por la matrona Viadel desde la lejana ciudadela de Janga’eth. Dadas las circunstancias, se les permitió el paso para que intentaran aliviar al príncipe. Después de varios intentos y un acercamiento peligros, se logró extirpar el mal que acogía al noble, teniendo este la forma de una enorme plasta negra. Después de mucho pensar, Acacia mencionó que se trataba de magia modulada, pero no pudo detallar más. Canalizando un haz de energía mágica, la irradió sobre aquella masa, reduciéndola a lo que parecía ser una pequeña semilla. Esta fue colocada en una botella para evitar problemas.

“Espero entiendan, pero dada la situación, no puedo permitir su salida del reino. Hagan uso de las habitaciones subterráneas como vean necesario, y no salgan de ellas hasta nuevo aviso. Les dejaré un guardia por si es necesario y comida no faltará. Con su permiso.” – así proclamo Augusto, quien acto seguido salió de la escena.


Habían pasado tres días y aún no se les llamaba a los individuos a que salieran. Janiel y Sebastián discutían en que la plaga pudo haber sido alimentada al ganado de Kretzchmar. Jaskier y Acacia mencionaron el hecho de que pudo haber sido algo traído desde lejos, o ser todo esto plan de otro reino. Quien permanecía a la expectativa era Alicia, quien se regocijaba al ver como el tumultuoso viaje se convertía en algo digno de ser recordado. Ante todo esto, eran vigilados por el guardia de pesadas placas.

“Su majestad desea hablar con ustedes” – comunicó Fariel, después de intercambiar palabras con el hombre de cabellos castaños

La sala que había sido lugar de celebraciones y risas, ahora se había tornado silenciosa. En ella se encontraba el monarca, esperando a los que había etiquetado como los sospechosos. Entre ellos estaban los individuos de la habitación, Urval, un hombre que portaba largos ropajes celestes, y una dama con un peinado que daba apariencia de colmena.

La discusión se abrió, con ambos bandos defendiendo su posición. Se llegaron a dos posibles escenarios: Esto era obra de los trasgos y orcos que circundaban el reino, o era obra de un reino contiguo. Antes de que el grupo pudiera decidirse, el hombre de mantos celestes se dirigió hacia una de las ventajas, entabló lo que aparentaba ser una conversación con una paloma, e interrumpió la conversación.

-“Su majestad, hay un campamento de trasgos a unas cuantas millas de las murallas del reino” – pronunció el hombre de blanquecinos cabellos.

Los aventureros se encargaron de eliminar la amenaza que se hallaba no muy lejos de las puertas de Kretzchmar. El rey, acompañado del misterioso hombre, se dedicó a examinar la plasta, que al serle colocada un insecto, creció hasta devorar por completo a la pequeña criatura. Al parecer, esa manifestación mágica se alimentaba del huésped, creciendo hasta matarle. Después de una segunda reunión, el rey puso en marcha su plan.

-“Muy bien, este acto no puede quedar impune.” – y así el rey, extendió un decreto sobre quiénes quedaban en la habitación.

Reacio a cooperar, Jaskier fue sentenciado ser custodiado de manera no agresiva por Kretzchmar, ya que era el principal sospechoso debido a la desaparición de su mentor. Este iría en el nombre del reino a resolver dicho caso, custodiado por Fariel, a petición de Barnabas, quien resultó ser su maestro. El rey se vio complacido al ver como Janiel y Sebastián ofrecían su ayuda a la causa, con el fin de impresionar a la matrona y solucionar el misterio de aquella enfermedad. Por el lado de Acacia y Alicia, Augusto les prometió su favor en el caso de que encontrarán al responsable por dicho ultraje ante el reino. Sin nada más que decir, el monarca dio por terminada la reunión. A la salida del castillo, los pueblerinos preparaban la adecuada transportación de los temporales ojos del reino.

Aquel encuentro fortuito pudo haber sido orquestado por un poder superior al entendimiento de los involucrados. O quizá esto era el fruto de los complejos planes de alguna mente maestra. Por más descolorido que suene, esto también pudo haber sido una mera casualidad.

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